La voz de tu cuerpo

Estoy aprendiendo a escuchar a mi cuerpo. Y ¿saben qué? Me impresionó la cantidad de cosas que tiene para decir. Tiene una hermosa voz. ¿Cómo no lo había escuchado así antes?

Escuchar a nuestro cuerpo implica entenderlo aunque no queramos. Acariciarlo, consolarlo, abrazarlo. Porque sí, aunque parezca que no él casi nunca se queja, nos acompaña a todos lados, cumple nuestras obligaciones y nos cumple todos los caprichos… hasta que un día no puede más. Primero empieza hablando bajito. Nos advierte educadamente: “¿no te parecen demasiadas horas de trabajo?”, “creo que no podremos resistir una porción más de esa torta”, “espero que este sea el último trago”, “me parece que eso que estás callando te está lastimando”. Después vienen las señales un poco más obvias, esas que escuchamos pero decidimos, la mayoría de las veces, ignorar. Y ahí el cuerpo se cansa. A la tercera, grita. Y es un grito agudo, que retumba en nuestro interior y nos ensordece. Y entonces no nos queda otra. Tenemos que frenar. Sacarnos los auriculares, y escucharlo. Todo eso que no escuchamos antes ahora tiene una potencia incalculable. Nuestro cuerpo se cansa y grita.

Son años los que nos suele llevar aprender a oírlo. Y es que el cuerpo reclama su lugar cuando ve cómo, de una manera egoísta, les decimos que sí a todos y que no a él. Sí a más horas de trabajo, no importa si me canso, soy joven. Sí a ese amigo que nos necesita, mi cuerpo está bien y puede aguantar. Sí a no pedir ayuda, siempre pude sola. Siempre pudiste, porque no estabas sola. Estaba tu cuerpo ahí, trabajando para vos. Pero ¿qué pasa cuando él te dice que no a vos? Vos empezás a tener que decirle “no” a todo lo demás, porque sin él, no podés.

Como decía, estoy escuchando más a mi cuerpo. Porque ya me cansé de oírlo gritar. Porque sé cuánto merece unos mimos, porque a regañadientes aprendí que también necesita descansar para funcionar. Y sí, ahora quizás tenga que decir más “no”. Pero no significa más que “hoy no. Hoy tengo que protegerlo a él. Quizás, la próxima sí”.

 

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Abrazarte

Abrazarte, un suspiro de calor del corazón.
Como cuando pasaba el dolor de panza, ese que sólo está hecho de miedos, en la cama de mamá.

Abrazarte, y que de pronto el viento se calme. Y con él la tristeza, el dolor, el frío, la vida.
Como el café caliente que tomaste la noche que extrañabas al abuelo, o el chocolate guardado en el cajón que alguna vez te regaló papá.

Abrazarte, lo mismo que soñarte una vez más. Soñarte sin los ojos cerrados, cerrarlos para atrapar el recuerdo.
Como cuando pensabas que si fotografiabas cada momento mágico con tu cámara imaginaria, los recuerdos jamás se escaparían de vos. Tus ojos eran chicos, sin embargo, reflejaban el mundo.

Abrazarte con tus colores, tus deseos, tus espacios en blanco, tus escondites secretos, tus lugares más bellos. Abrazarte y que todo pase, como el tiempo, volando entre nuestros abrazos. Abrazarte y extrañarte, extrañarte un poco más y buscarte, buscarte en abrazos que no pudieron ser.

Abrazarte y olvidarte, porque la única manera de soltarte, es aprendiendo a aceptarte.

Chispitas melosas

Cuando estaban juntos nadie sabía de dónde salían las chispas. 

Los colores eran más colores 

de los que encontrás en un arco iris
y sus dedos pulgares,
un minuto desenredados,
ya se extrañaban.

En la panza las cosquillas
eran la música de cada beso
pero nada se le parecía
al perfume que profesaba cada encuentro.

Si cerquita se miraban
sus pestañas se callaban
es que mucho mejor se entendían
cuando sus ojos se hablaban.

Era como ver el cielo
como escuchar las estrellas titilar
cada vez que de sus pechos
se oía algo temblar.

Y así era el tiempo, como el sol,
trascendente y encandilador.
Y al sentir tanto y ver tan poco
bajo su brillo ensordecedor
ambos no podían sino exclamar,
qué picardía que tanto calor
pudiera congelar las agujas del reloj.

 

El planeta de los niños que duermen

Contame un poco más de Infantolia
ese lugar colorido que me nombraste una vez.

Me decías que las casas son pequeñas, porque sólo viven niños que comen chocolate para ser más inteligentes. Me contaste, una vez, que es un mundo feliz el de Infantolia, porque todos se comparten su libertad. Nadie trabaja para nadie en Infantolia, el reino de los chupetines regalados. Todo se siente siempre como si fuera la primera vez, lo que se rompe se arregla con curitas, los corazones con abrazos. También me decías que todas las noches cuando te vas a dormir, cuando cerrás los ojos y parece como que no estás, en realidad es cuando viajás a Infantolia a visitar a tus amigos. Que todos los niños viajan allí por las noches, mientras los grandes se quedan en casa trabajando o tomando alcohol. Infantolia es el reino de los sueños de todos los chicos que no encuentran el suyo en este lugar.

Una vez también te pregunté si me dejaban entrar. Me habías contado tantos detalles de un planeta tan diferente que quise viajar a conocer. Me dijiste que no se les permitía el acceso a los adultos, porque las puertas eran tan chiquitas que sólo los niños podían pasar sin romperlas. Pero me prometiste traerme un par de caramelos de regalo, para que viera cómo hasta su sabor difería del nuestro.

La última vez que te vi cerrar los ojos no fue nada bonito, ¿sabés? Pero luego de un tiempo entendí por qué no los abriste nunca más. Sé que vos elegiste quedarte en Infantolia, sé que cualquier mundo te parecería mejor que uno lleno de remedios, hospitales e inyecciones de sabor amargo, donde los chocolates están prohibidos y las camas siempre son desabrigadas. Sé que te dolía cerrar los ojos tan a menudo, pero también sé que sólo entonces eras feliz, porque sólo entonces te ibas a un planeta lleno de amor y de colores dulces.

Te cuento un secreto: todas las noches, me gusta viajar a un planeta llamado Tomilandia. Es como Infantolia, pero sólo para mí, donde puedo recordarte y hablar con vos un poquito más de cerca, donde me seguís contando todas las cosas que vas descubriendo en tu planeta, donde compruebo que al fin y al cabo sos feliz… que el momento en el que cerraste los ojos para siempre, te regalaste toda la felicidad que en este mundo austero, nadie te pudo prometer.

 

 

Foto: Lucía Casas.

 

The starless sky

Here we are.
Staring at the stars the same way we used to stare at each other.
The sky insists on glowing with sparkles at our eyes
and still, here we are.

The colours seem more opaque through your eyes
the same cover that you used to soothe disbeliefs
now makes the colours of the sky look less bright
removing the essence that made them be
and now I understand
and still, here we are.

You didn’t like bright things
You believed too much was too risky
You didn’t like risky things, but me.
You used to say there ought to be
some exception to the rule
You used to say I was meant to be
your perfect exception.
You softened emotions by removing their blaze
You made everything dull
You took my sparks with you
and still,
There we were.

Here we are.
I wish we had a moonless sky
I wish we could see the stars shine brighter
But instead
The moon is full
Your glance is quiet,
and mine, is empty.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Perfume de estrellas

-¿Cuál es la palabra más grande que se te ocurre?
-Galaxia.
O mejor, universo.
Universo es para mí la palabra más grande que existe.
-¿Cuántos universos crees que entran en una persona?
-Creo que somos demasiado pequeños para tener universos dentro. Creo que los universos nos tienen a nosotros: por eso jamás podemos ver uno en su totalidad. Nosotros estamos adentro.
-Yo no pensaría siempre igual.
A veces, conoces personas que con sólo existir, despliegan perfume de estrellas. Ésas pueden ser, dependiendo de quién las mire, verdaderas dueñas de universos.
-¿Tú crees? ¿Alguna vez has conocido alguna?
-Si miras con más atención, las reconoces. Sólo entonces entenderás que nosotros, los humanos, podemos ser tan infinitos como el universo. Podemos ser universos enteros esperando ser descubiertos, admirados, vislumbrados. Universos hechos no de estrellas, sino de ideas, recuerdos reales, imaginarios; pensamientos fugaces, formas de amar, formas de temer, formas de callar.
¿Para qué usar un telescopio? Atrévete a contemplar el iris de un ojo humano y tendrás la vía láctea entre tus manos. Las personas también somos infinitas, amiguito.
¿Cuántos universos entran en una persona?
Yo te respondería,
Todo depende de quién la mire.

Arena sin ti

Qué haría yo sin las gotas de rocío
que perfuman mi piel cada vez que te pienso
Qué harías tú sin la majestuosa nube
donde noche tras noche me ves en tus sueños?

Qué harían los labios resquebrajados,
muriendo por la humedad de tus besos
Qué haría el estómago con tanta comida
y un cementerio de mariposas
y qué harían mis manos arenosas
anhelando llegar a la orilla de tu mar
qué sería de mi cuerpo desértico
erosionado por el viento y la sal
esperando prudente esa humedad
que antes estaba
que ya se evaporaba

Qué harían mis pestañas
sin la brisa de las tuyas
de dónde sacaría yo la fuerza
para hacerlas titilar
quisiera saber
cuál sería mi paisaje
dónde estarían las estrellas
dónde se escondería el sol
quisiera saber si el planeta giraría al revés
si te llevarías la noche tras tus párpados
si me dejarías un cuarto de luna
si nuestro cielo se partiría en dos

Quisiera saber,
si algún día te fueras,
dónde quedarías vos?

El coraje de tus pies

No te quedes donde tu cuerpo quepa tan ajustado que no se pueda mover.
No compres envases baratos que salen caros para encerrarte y dejarte ver por todos los demás como uno más de ellos, no te ajustes a ningún recipiente que te quite movilidad. No te quedes ahí, no te alejes de la danza natural de tus piernas al caminar; no te olvides de los infinitos marrones que tiene tu pelo al soltarlo y prestárselo al viento, no te abandones.
No te esperes más, no te quedes. No escuches las voces ruidosas que retumban detrás del recipiente de cristal, que resquebrajan el vidrio y no dejan de mirar. No te limpies con las sombras de aquellos que se limpian con tu luz, que nada tuyo se te escape nunca más. No te quedes más en ese lugar.
No te sientes en el piso que fue hecho para caminar, no subestimes el coraje de tus pies, dejalos andar. Que las voces griten fuerte, que los gritos serán la música de tu nuevo hogar; sólo vive en este mundo quien aprende a bailar.
No te quedes, que sobrevivir ajustado es como vivir sin saber amar, como ver el sol sin que encandile su luz, como hablar sin escuchar. No te busques si ya sabés que no estás, no te quedes si sabés que podés volar.

…Y entonces cuando te duermas vas a soñar. Cuando ames, sólo habrá paz. Cuando grites ese grito retumbará y cuando calles, también se escuchará. Cuando te quieran te van a contagiar y cuando te veas, cuando te encuentres, vos también te vas a enamorar.

 

 

Imagen: Severi

Mis pulmones de brillantina

Hoy hace un año de la última vez que pisé el escenario y por las noches tengo tanta tos, que a veces siento que me voy a ahogar.

El tiempo ahora es un remolino que no para de girar en torno a mi cabeza y a veces mis pies quieren volver a volar.
Hoy hace un año de la última vez que pisé el escenario y que hicimos magia. A veces me pregunto, ¿es posible seguir viviendo durante mucho tiempo más sin creer en los reyes magos? ¿Cómo ser adulta para siempre si no se puede conservar al menos una parte de la magia que nos acompañó alguna vez?
¿Cómo hacen los adultos?

Hoy hace un año de la última vez que pisé el escenario y aunque para muchos sea poco, para mí es un montón. Un año de la última noche que flotó brillantina entre pisada y pisada de mis pies descalzos pero firmes en las tablas; un año del último terremoto que vibró en cada parte de mi piel. Un año de mi última bocanada de oxígeno.

Y ahora, que ya me cuesta respirar, que a mis pulmones les falta música y a mi corazón un poco de labial; ahora que ni todo el vapor del mundo alcanza para acallar ese silbido agudo de un pecho asfixiado de tanta nada, cansado de respirar sólo aire y nada más, ansioso por volver a temblar…  Ahora que los ojos arden, que la cabeza tira, que las piernas pesan porque no volaron nunca más…

Es momento de tomar envión.

Que el oxígeno de las luces me nutra los pulmones por la vida entera, que prefiero morir antes que volver a toser vacío. Que los músicos preparen la orquesta y hagan al público pasar, que las tablas ya están vibrando al compás de mi andar.

Hoy hace un año de la última vez que pisé el escenario y no me animaría a esperar tanto tiempo nunca más.

Amar apretado

Quise hasta que el amor apretó demasiado.
Abrí las manos pero los ojos se resistían
como si estuvieran pegados con plastilina.
Y entonces quizás ya no estaba,
pero mis ojos ciegos la seguían mirando
y yo les creí a mis ojos cerrados
porque soy de los que mueren enamorados.

Igual siempre creí que el amor es poesía
La mayor obra de arte de la humanidad
La que termina con un sol apagado.
Igual todavía sigo pensando
Que de toda la poesía del mundo
yo elijo la que se siente con el corazón apretado.